Eran ya las 7:30 de la noche cuando Carlos Mario decidió concluir la jornada de trabajo. Los ojos le ardían de tanto mirar el monitor de su laptop, sin que ese esfuerzo se viese compensado con la culminación del informe, comprometido para entrega a primera hora del día siguiente. Se sentía agotado, por lo que pensó trasladarse a su casa, descansar un par de horas, hablar un momento con sus hijos, y disfrutar de un escocés en las rocas antes de enfrentarse nuevamente con el bendito informe.
> Al encender su vehículo, simultáneamente lo hicieron el aire acondicionado y la radio. Esta última dejó escapar la flemática voz de Pedro Penzini, quien efectuaba el resumen final de su programa. Sin pensarlo movió el dial, no estaba de humor para escuchar a Pedro, ni a Nelson, y mucho menos a Marta; su búsqueda culminó en la 97.7, donde pudo reconocer el segundo movimiento de la sinfonía número 40 de Wolfgang Amadeus Mozart; sus acordes le resultaron maravillosos.
En Menuetto inició la travesía, sin embargo solo pudo desplazarse con la agilidad deseada hasta el cuarto movimiento; en pleno Allegro el tráfico lo forzó a detener su automóvil en la autopista Francisco Fajardo, frente a San Agustín. La sinfonía número 40 concluyó y el locutor anunció el concierto para flauta y orquesta, también de Mozart. La radio, entrañable compañera, seguía disparando arpegios, ahora de Bach, luego de Tchaikovsky hasta que, mortificado por la presión de su vejiga, perdió el interés por lo que escuchaba.
Buscó a tientas entre el desorden de objetos que guardaba en el asiento trasero, el envase de plástico que solía improvisar como baño portátil, solo para recordar que lo había sacado del automóvil justo el día anterior.
Entre Mozart y Tchaikovsky había comenzado a garuar. Esto complicaba aún más el pesado tránsito, por lo que en ese lapso apenas había podido avanzar unos veinte metros. Empezó a sentir calor. Al incrementar la potencia del aire acondicionado se percató de que por las ventanillas solo salían bocanadas de aire caliente. Lo apagó y bajó tímidamente la ventana del auto.
El tiempo pasaba, sudaba copiosamente, la vejiga le imprimía cíclicas punzadas cuya intensidad iba in crescendo. Subió el volumen de la radio como única vía de escape, trató de sumergirse nuevamente entre corcheas y semicorcheas, cuando la intromisión de un locutor ajeno anunció: «La red de emisoras nacionales, pasa a formar cadena...».
La desesperanza se apoderó de su espíritu, se dio cuenta de que era solo una más de las miles de almas atrapadas en la autopista; entre aquel océano de vehículos, que como bestias de la modernidad expelían rabiosas por sus fauces monóxido de carbono. Estaba atrapado, diluido entre vendedores agua, refrescos, cerveza, chicle-cigarros, paños de cocina, porta celulares, banderitas y cualquier cosa con posibilidad de ser adosada al cuerpo de los osados buhoneros, que con agilidad extrema serpenteaban entre los auto-inmóviles. Sintió deseos de abortar el viaje, de arrojarse al Guaire. No opuso más resistencia, se entregó; recostó la frente contra el volante y dejó que la sensación de alivio lo invadiera, mientras la cálida humedad empapaba su entrepierna.
Dos horas más tarde atravesaba la puerta de su casa, maletín en mano y el pantalón todavía mojado. Con rabia arrojó el maletín sobre el sofá, subió las escaleras, atravesó el pasillo buscando su habitación.
Lo detuvo una voz infantil que con dulzura lo llamaba. Al aproximarse pudo ver los enormes ojos de Gabriela; ella, con un gesto de su manita, le invitó a acercarse. Al hacerlo pudo escuchar su diminuta voz: «Papi, te quiero mucho». La besó con cariño y le pidió que siguiera durmiendo. Nuevamente sintió su dulce voz: «Pa´, creo que Helenita se hizo pis otra vez»; con el mismo cariño le respondió: «Duerme, mi cielo, yo me encargo». Pese a todo lo vivido, Gabriela había logrado arrancarle una sonrisa.
Una ducha y un güisqui después el informe estaba concluido. Frente a la laptop dejó escapar una sonrisa, campaneó los efímeros restos de hielo, mientras en su mente se reproducían en perfecta armonía los acordes del Mesías de Haendel.
Mi Chepoooo!! Creo haberte oido esta historia, de todas maneras sino, es un placer leerte. No sabia de este grupo, me encanta y los felicito a todos. Que manera tan creativa para estimularnos la escritura. Me buscare un grupo asi que sea tal vez con olor a Guanabana que me encanta!
ResponderEliminarBesos, mil bendiciones y buenos augurios para ustedes.
Lupe Nunez
Muy bueno Chepo, no había tenido oportunidad de leerlo. Exito con la iniciativa de La Guayaba.
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