viernes, 27 de enero de 2012

Sobre el silencio, Ramón

                                                
“Se debe permanecer callado, a menos que se tenga algo que decir que valga más que el silencio”[1]
                                El Abate Dinouart

El uso de la palabra me ha preocupado desde siempre, sin prestarle mayor atención al silencio, a la opción de callar. Al silencio lo he reducido a la simple ausencia de la palabra, al espacio vacío que espera llenarse con diálogos, al rincón de nuestro ser para la reflexión. En verdad, he banalizado el silencio. Poco he dedicado a cultivarlo. Crecí sin acariciar el silencio.

Desde los bancos de la escuela practicamos el discurso, la locuacidad, el don de la palabra como componentes casi excluyentes del espacio de la comunicación y como la forma de demostrar nuestro saber. Del silencio, sólo aprendimos que había que guardarlo como señal de respeto hacia nuestros maestros y mayores. Para mí, el silencio se fue emparentando con la timidez y hasta se convirtió en un atributo de la idiotez o una expresión de ignorancia. Mi formación me hizo celebrar aquella famosa sentencia de Francis Bacon: “El silencio es la virtud de los tontos”. El silencio también fue víctima de los abogados que lo connotaron como un indicio de culpa por aquello de “el que calla otorga”. También me resuena en la cotidianidad, la expresión “¡Silencio!” como un imperativo, generalmente odioso, que debemos acatar para que no se escuche nada o para cederle a otros el uso exclusivo de la palabra o el sonido. 

De allí el interés que me despertó un pequeño libro, con el que tropecé en una de esas gratas zancadillas que nos dan las librerías. La obra, titulada L’art de se taire, El arte de callar, perteneciente a un cura francés del siglo XVIII, el Abate Dinouart, de los llamados religiosos mundanos, esos que escribían y hablaban más allá de la liturgia, es un breve y original tratado dedicado al silencio. En las páginas de la obra, el silencio asciende hasta convertirse en una categoría cultural, literaria, retórica y espiritual de primer orden.

Del texto, nada me resultó más terminante que la frase: “Se debe permanecer callado, a menos que se tenga algo que decir que valga más que el silencio”. En ella, el Abate le concede al silencio la misma importancia semiótica de la palabra hablada y lo sublima, contrariamente al convencionalismo que lo tiene a lo sumo como un componente neutro de la elocuencia.  Aprecié la frase como la sabiduría de no decir lo innecesario, lo que no se sabe o lo que no es cierto. Como hablar con nosotros mismos antes de concedernos la palabra. Es la satisfacción por saber callar o por callar a tiempo. Y también el silencio es tiempo, el tiempo necesario para que la palabra pueda madurar y elevarse.  

El autor le atribuye al silencio un valor de uso como recurso de expresión: sirve para asentir, complacer, despreciar, burlarnos, aprobar. Como si el silencio fuese en sí mismo, un discurso con poder para herir o sanar, alegrar o entristecer, con más eficacia que las mismas palabras.  

En fin, con este viejo Abate entendí que al igual que el don de la palabra, también podemos hablar de un don del silencio; que cultivarlo es realmente un arte, como lo dice el título de su obra, que encierra la sabiduría de saber callar, y que hay una estética y, por qué no, también una poética del silencio. No olvidemos que el silencio es parte musical de la poesía y un ingrediente esencial de la música misma.


[1] Abbé Dinouart, L’art de se taire, 1771, 4e édition (1ère édition, 1996) Éditions Jérome Millon, Grenoble, 2004

1 comentario:

  1. En realidad el silencio es una de las expresiones del espíritu más sutiles, pues nos lleva a enfrentarnos con ese deseo espinoso de llenar de palabras el espacio silencioso de otros...

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